El ser humano, como todos los seres vivos que cohabitan la Tierra, ha evolucionado durante millones de años para adaptarse a su entorno. Y una parte muy importante de éste es que soportamos una fuerza de 1G constantemente que nos empuja hacia el suelo. Por eso hemos desarrollado un corazón potente capaz de bombear sangre hacia abajo y hacia arriba, tenemos una estructura ósea que evita que colapsemos y disfrutamos de una musculatura diseñada para, entre otras cosas, luchar contra la atracción terrestre.

En condiciones de ingravidez o más técnicamente, microgravedad (solo en el espacio interestelar podemos decir que no estamos sometidos a ninguna fuerza de atracción gravitatoria), el resultado de esos millones de años de evolución, de repente, deja de funcionar correctamente. Y los síntomas no son precisamente buenos para nuestro organismo.

Para empezar, nada más vernos sometidos a la microgravedad, lo primero que experimentaremos serán mareos, malestar, debilitamiento y posiblemente vómitos. Aunque este efecto, llamado fase inicial, no suele durar más de un día o dos, no es precisamente agradable.

También sucede que los líquidos de nuestro cuerpo, que generalmente tienden a descender, ahora se reparten de forma más uniforme por todo el organismo, causando hinchazón en la zona del tórax y la cabeza. El síntoma suele ser que vemos adelgazar ligeramente nuestras piernas y cintura, mientras sentimos pulsaciones en el cuello y congestión nasal. En unos días, los líquidos del cuerpo se reducen en un 10%.

Nuestro corazón, acostumbrado a bombear con fuerza para repartir la sangre por todo el cuerpo, ya no necesita trabajar tan duro, por lo cual se debilita. Además los glóbulos rojos tienden a reducirse considerablemente, aunque no está clara la razón.

Los músculos pierden masa rápidamente, ya que las piernas no tienen que soportar nuestro peso y cualquier esfuerzo físico que queramos hacer es mínimo y requiere poquísima energía. La ausencia de gravedad también nos hace ganar temporalmente unos centímetros de estatura, al dejar de comprimirse nuestras vértebras.

Los astronautas de la Estación Espacial Internacional compensan parcialmente los problemas vasculares y musculares con un rígido entrenamiento físico de al menos dos horas diarias. Sin embargo hay otro problema que es irreversible y que no se recupera al volver a tierra: la descalcificación de nuestros huesos. 

Volver a la Tierra y acostumbrarse a vivir de nuevo con gravedad suele llevar a un astronauta desde semanas a meses, dependiendo de lo prolongado de su estancia en el espacio. La ingravidez nos debilita y mucho, y para muestra os dejamos un video del astronauta Andrew Fustel caminando tras pasar 197 días en la Estación Espacial Internacional.

 

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